miércoles, 23 de mayo de 2012

ROMA BELLA












martes, 15 de mayo de 2012

OTRA VEZ

       Se me pasaban las horas vigilándole tras las cortinas, sabía sus horarios, cuando entraba y salía de casa, si sacaba la basura o se sentaba a leer en el jardín. Reconocía el ruido del motor de su coche cuando se acercaba a la urbanización y aprovechaba la menor ocasión para acercarme a él. Dos meses de pequeños momentos: comentando el tiempo que va a hacer, qué estaba leyendo, cómo había elegido esa casa entre tantas que se vendían por los alrededores. Un día me atreví a preguntarle si tenía familia. Cuando me dijo que estaba solo, me recorrió un hormigueo que me costó disimular. Decidí pasar a la acción, no había nada que me lo impidiese, el nuevo vecino estaba libre. Al principio tuve mis dudas porque los hombres maduros eran como esponjas que me absorbían y luego se alejaban sin saber porqué. Pensaba que era una maldición, no podía evitar que me atrajesen y luego comprobar que para ellos el amor duradero parecía no existir. Y otra vez me estaba pasando.
Me alegré de que alguien se instalara en la casa de al lado y en seguida fui a darle la bienvenida, al encontrarme con él en la puerta, frente a frente, con sus ojos azules de mirada dulce y el cálido apretón de manos, ya sentí algo. No sabía si era química o qué, pero habría deseado que me invitase a entrar y pasar con él el resto de la tarde. Se excusó con que aún tenía la casa sin organizar, le faltaba desembalar la mayoría de las cajas de la mudanza. Prometió que pronto tomaríamos café en el porche, en cuanto encontrase las tazas. Esperé impaciente a que lo hiciese pero los días iban pasando y, aunque él parecía interesado en mantener una buena relación conmigo, no mostraba mucho entusiasmo, solo cordialidad: “muy buenos días, ¿te ayudo con el césped?, parece que hoy va a hacer buen tiempo, dicen que la película que dan esta noche en la tele merece la pena”. Cosas así de las que te hacen la vida agradable y que no  echas de menos hasta que, al contrario, tienes un vecino que te complica la existencia.
No pude aguantar más y lo planeé todo para que cayese rendido en mis brazos: mi coche aparcado en la calle con el capó abierto, yo, vestida como si fuera a una fiesta, mirando perpleja el motor. Era sábado y los talleres estaban cerrados, ya había pensado en eso y también me había cerciorado de que él estaría en casa esa tarde. Seguro que me estaba viendo pero pasaban los minutos y no salía. Tuve que llamar a su puerta y rogarle que le echara un vistazo al coche. Tardó en reaccionar pero al fin salió e intentó arreglar la avería, por supuesto fue rápido, el motor arrancó enseguida. Me miró con una media sonrisa a la vez que mostrándome las manos sucias se encaminaba hacia su casa para lavarse. “Ya puedes ir a tu cita” susurró al darme la espalda. Corrí tras él y antes de que llegara a la puerta ya me tenía enfrente. “No tengo ninguna cita, bueno sí, si tu quieres…” Me abalancé sobre él para besarle y a poco más me caigo cuando se apartó. No me lo podía creer, nunca me había pasado, quise que me tragara la tierra, y por lo que parecía él tampoco sabía dónde meterse. “Ahora sí que tenemos que hablar mi querida niña, lo he pospuesto demasiado tiempo” Me invitó a pasar, sirvió el café en dos vasos, aún tenía por el salón cajas sin desembalar. Una fotografía en un pequeño marco era el único adorno visible, me la acercó, “somos tu y yo cuando tenías cuatro años, ¿recuerdas?, soy papa” No podía ser, papa estaba muerto, yo no le conocí porque era muy pequeña cuando sucedió pero mamá me lo había contado. Miré bien la foto y sin duda aquella niña era yo. Salí corriendo de allí como si tuviera que refugiarme, intentando huir de esa situación extraña que, sin querer, había provocado. 
Fue la noche más larga de mi vida, no dormí dándole vueltas, sin poder contener tantas preguntas que sobrevenían a mi cabeza. Cuando amaneció y entró la luz por mi ventana deseé que todo hubiera sido un sueño pero a la vez quería respuestas.  Me eché el albornoz por encima de la ropa, que aún llevaba puesta, y fui directa a pedirle que se explicara. Llamé, no contestó nadie, insistí por si estaba durmiendo pero nada. Me acerqué a la ventana y tras los cristales del salón pude ver que las cajas habían desaparecido, todo parecía estar ordenado y sobre la mesa, junto a dos tazas, nuestra foto. Estaba a punto de marcharme cuando él volvía de comprar el periódico. Era domingo, no había prisa, pudimos tomar con tranquilidad nuestro primer desayuno.