domingo, 2 de septiembre de 2012

BILBAO EN VERANO




PÁJARO AFRICANO

Aunque me quebraron las alas vuelo,
como un ave obstinada,
cargado de esperanza, hacia el paraíso que anhelé.
Ya no me detendrán las vallas de las fronteras,
a donde voy solo hay alegrías.
En el cielo encontraré lo que deseaba: otra vida.


Nací hace veintiún años en una aldea de África. Decía mi padre que desde entonces las lluvias comenzaron a disminuir y, en vez de llamarme por mi nombre, le dio por decirme, en nuestro idioma, “el que agranda el desierto”. Eso, y el que sea el mayor de mis hermanos, fueron determinantes en mi educación, en la convivencia con el resto de la familia y vecinos, y para lo que debería hacer en el futuro. 
Mi padre veía en mí a su sucesor; cuidaría del ganado y de la familia y, a mi tiempo, formaría la mía propia. Pero los animales se fueron muriendo porque el agua cada vez estaba más lejos y, como las pobres mujeres, se secaban bajo el sol del desierto al ir a buscarla. Entre tanto yo estudiaba, junto a otros niños de la aldea, lo que nos enseñaban en la escuela que montaron dos jóvenes profesores pertenecientes a una O.N.G. Allí aprendí a escribir correctamente mi lengua y el poco inglés que sé. Cuando cumplí catorce años ya no me dejaron ir más, lo único que pude hacer para seguir aprendiendo era leer libros. Me los dejaban mis hermanos, a escondidas de mis padres. Los leía cuando conseguía escaparme después de las tareas, un rato hasta la hora de la cena, antes de que el sol se metiera y me quedase sin luz. Fui feliz, transportado por la lectura a otros mundos, imaginando que era un pájaro volando libre y observando todo desde lo alto del cielo. En alguna ocasión se me hizo tan tarde que asusté a mis padres y aumentaron la vigilancia. Cada vez se me hacia mas difícil engañarles para salir, tenían miedo de que me raptasen las milicias y ya no volvieran a verme. 
El resto de mi vida ha sido muy normal, así que no merece la pena que os aburra contándola. Sería algo extraordinario que la lluvia hubiese vuelto y el desierto estuviera siendo devorado por una selva implacable desde que, hace medio año, decidí emprender el viaje. Salí de casa apenas sin despedirme para no hacerles sufrir, solo dos de mis hermanos supieron que venía hacia el norte para cruzar la frontera y llegar a Europa. Ellos también querían venir y les prometí que cuando yo estuviera bien situado volvería a buscarles. A partir de ahora tendrán que ser ellos quienes cuiden de la familia si es que no han seguido mis pasos y algún día triste no les pasa como a mí. 
He andado un largo y duro camino para luego chocar contra la valla de la muerte. Aunque nadie podrá decir que no lo conseguí, porque ahora vuelo libre como el pájaro de mi imaginación.