miércoles, 31 de julio de 2013

LA PROMESA




Carlitos nunca se ha puesto una túnica; como cualquier niño, a diario, viste con pantalones cortos y calcetines hasta la rodilla, casi siempre heredados de su hermano. Este año mamá se ha empeñado en hacer miembros de la cofradía del Cristo a toda la familia. Papá no está muy convencido, pero hace lo que sea por tenerla contenta y para Carlitos, participar en una procesión, es una verdadera novedad.

   Se mira varias veces en el espejo, está diferente con el sayón morado. Menos mal que los niños no llevan capirote, porque así no parecerá un cucurucho de helado al revés, como sus padres. Lo que más le gusta es la capa negra, antes de salir de casa corretea por el pasillo intentando que la tela suba y ondee en el aire con la velocidad.

   — ¿A qué parezco Superman, mamá? —pregunta para que le presten atención.

   — ¡Deja de correr Carlitos! Para cuando salgamos vas a estar sudado y te tendré que volver a peinar… Y luego en la calle ya puedes ser formal, anda como te han enseñado en los ensayos, y no te muevas de tu sitio —La madre le da las últimas instrucciones antes de salir— Y hasta que lleguemos, bien agarrado a mi mano, que hay mucha gente.

   —Sí mamá, ya me lo has dicho mil veces. —Contesta el niño con tono cansino— Siempre estás con lo mismo: que sea obediente y haga lo que me mande el director, que no me salga de la formación, que no me pare si no se paran todos… y lo que quiero saber no me lo dices.

   —Ya te he explicado que una promesa se hace para pedir un deseo secreto a Dios. —La mujer habla al niño sin mirarle mientras avanza por la calle hasta la plaza de la iglesia. Su semblante triste contrasta con el ilusionado del niño ante el ambiente festivo que les rodea.

   Según se acercan es más difícil caminar, la multitud se amontona en grupos llenando la plaza y las calles de alrededor. Carlitos y su familia se abren paso con lentitud hasta encontrarse con los demás miembros de la cofradía, se les distingue bien con los capirotes morados aunque el niño no puede ver más que piernas apartándose a los lados.  Sus padres lo llevan casi en volandas hasta el lugar que tienen asignado. Le duelen las manos de lo fuerte que lo traen agarrado. Se están colocando cuando se abre la puerta de la iglesia. El fuerte murmullo de tantas conversaciones desciende poco a poco hasta que sólo se oye un leve susurro y alguna tos. El pequeño se da cuenta de que todo el mundo pone atención porque va a salir la imagen del Cristo y le pide a su padre que le aúpe para poder verlo.

   —Pero sólo un momento, que ya pesas mucho. —Le advierte su padre mientras lo alza— Y además enseguida vas a verlo de cerca.

    Sobre sus hombros observa como desde la obscuridad de la iglesia va apareciendo el paso enmarcado con un montón de pequeñas luces que se balancean al avanzar hacia el exterior y que poco a poco dejan distinguir la figura de la cruz. Todo está en silencio y en el aire de la tarde se mezcla el aroma de azahar, de incienso y de las frituras que preparan en los bares de alrededor. El niño observa atento a los seis hombres que cargan el paso, se mueven suavemente, al unísono, sin que se les note el esfuerzo.

   — ¿Papá, por qué van descalzos? —Pregunta el niño sorprendido cuando terminan de salir a la plaza y se paran. El padre le responde algo que Carlitos no puede oír porque al mismo tiempo las campanas comienzan a tocar en lo alto de la torre.

Su padre lo baja de los hombros y lo acerca de la mano a la fila, Carlitos y otros niños van justo detrás del Cristo, luego las mujeres y en el tercer grupo los hombres. Su mamá está bien cerca y puede vigilarlo.  Si se da la vuelta el niño también puede verla y desde su sitio le hace gestos señalando los pies de los costaleros. Ella, también con señas, le indica que mire hacia delante, al Cristo, pero el pequeño no puede apartar los ojos de las plantas ya enrojecidas que caminan con aparente tranquilidad delante de él. Al poco rato la procesión se detiene, para que una mujer cante una saeta desde la ventana, y aprovecha para acercarse a su madre.  

   — ¡Eh mamá! ¡No pueden ir así, todo el recorrido, se van a hacer sangre! —Exclama en alto para que le oiga por encima de la canción, justo a la vez que termina.

   Al oír estas palabras los que se encuentran alrededor miran al niño con preocupación. La madre apurada, de forma instintiva, le tapa la boca con la mano, luego se quita el capuchón, se agacha y le pide que vuelva a su sitio en silencio. Carlitos, antes de separarse, rodea con los brazos la túnica de su madre y deja al descubierto sus pies descalzos.

   — ¡Tú también te vas a hacer pupa!, —vocifera— ¡no quiero que te pongas malita y te lleven al hospital!

   En ese instante el niño echa a correr y se escapa por un lateral repleto de público, la madre sale deprisa detrás de él pero enseguida lo pierde de vista. Mira a un lado y a otro, tira el capirote y avanza a toda la velocidad que le permiten sus pies, sufriendo la aspereza de las aceras, las piedritas y las colillas incluso encendidas que pisa.  Va a trompicones preguntando a todo el mundo si han visto a un niño de seis años vestido de cofrade. No sabe hacia dónde dirigirse, se le hacen eternos los minutos deambulando en círculos, revisando cada rincón, cerciorándose de que el niño no esté con otros niños con los que se encuentra,  seguros de la mano de algún adulto. No sabe si rezar o maldecir, en su cabeza sólo cabe una plegaria: “¡Por favor Dios mío, a este hijo que no le ocurra nada!”.  Entonces piensa en su marido, quizá Carlitos haya ido a su encuentro.

    El padre ha visto todo desde atrás y ha reaccionado al momento atrapando al niño antes de que se pierda entre la gente.  De nuevo lo lleva sobre los hombros para que su mujer lo vea por encima de la multitud. Cuando se encuentran los tres, la procesión no ha avanzado demasiado, pueden volver a colocarse y continuar juntos hasta el final.

   Al terminar, el padre entretiene a Carlitos mientras la madre cubre sus pies con vendas y se pone unas zapatillas cómodas. Luego se dirigen al hospital a ver cómo se encuentra Rafa y darle un beso de buenas noches.

sábado, 13 de julio de 2013