jueves, 16 de febrero de 2012

DOLIDA


     
     Hoy hemos recorrido junto las calles estrecha hasta el cementerio. Todos clavaban sus ojos en mí queriendo ver sufrimiento, desesperación y tristeza. No saben que hace tiempo que estoy de luto, que se me acabaron las lágrimas y que tras estos sentimientos se esconden unas ganas inmensas de volar, salir corriendo y alejarme de aquí.
     Este pequeño trozo de tierra es lo único que me retiene, unas pocas hectáreas frente a nuestra vieja casa. Un terreno baldío, descuidado, del que nadie saca provecho y que, al igual que yo, tuvo tiempos mejores. Entonces en él crecía el trigo, verde durante la primavera para, después en verano, incendiar todo el campo con su intenso color amarillo. En él dejé mi vida. Todo ha transcurrido a su alrededor, bajo el sol, bajo la escasa lluvia, cuando helaba, en las madrugadas de llantos infantiles y en los anocheceres estrellados. En él he derramado mis lágrimas, mi sudor y mis energías trabajando mientras esperaba que todo cambiase y eso nunca sucedió. Nada cambió, al atardecer cuando él volvía, siempre descargaba sobre mí su sinrazón. Ahora tengo clara mi derrota diaria, he abierto los ojos y he visto los moretones escondidos en silencio.
    Estoy tranquila en esta soledad, mirando el campo yermo, y, aunque se me ha helado el alma, este cuerpo viejo y gastado apenas puede disimular el corazón palpitante, desbocado, sin jinete ni destino, y con la fuerza necesaria para recoger una nueva cosecha.